Los mostradores burocráticos y la calidad de la unidad

“…una discusión relevante y cada vez más urgente en la izquierda uruguaya…”
Por: Gonzalo Civila López

civila

Recuerdo nítidamente la conversación que tuve hace casi un año con una veterana militante Socialista, y podría resumirla, al igual que otras charlas con viejos y entrañables referentes, en una frase casi textual: “yo nunca cambié de lado del mostrador, siempre estuve del lado de los trabajadores”. Esas palabras aparecieron, casi como una sentencia, entre medio de anécdotas del pasado y reflexiones sobre el presente. El enunciado, que al pasar puede interpretarse como una reafirmación ideológica o una reivindicación de coherencia y pertenencia de una militante combativa, encierra un significado que trasciende ampliamente el relato de una trayectoria personal, y viene a cuenta de una discusión relevante y cada vez más urgente en la izquierda uruguaya.

En el correr de estos más de 10 años de gobierno nacional del Frente, y seguramente alguna que otra vez en los 15 años anteriores cuando el principal factor de gobierno frenteamplista se ubicaba en la Intendencia de Montevideo, se ha escuchado la apelación metafórica al “mostrador” como línea divisoria entre el gobierno y  todo lo demás, particularmente cuando “lo demás” son demandas o luchas reivindicativas que suceden en el seno de la sociedad. También se ha apelado con frecuencia a la distinción weberiana entre “ética de la convicción” y “ética de la responsabilidad”, las más de las veces deformándola y  convirtiéndola en una especie de disyuntiva insalvable, para a continuación invocar al “pragmatismo”, filosofía tan trivializada como ajena al imaginario de los trabajadores y la izquierda.

Sostengo que la tesis del mostrador, a la que también se le ha dado otros nombres más o menos elegantes, es en gran medida expresión y causa de buena parte de las patologías que padece nuestra izquierda. Sí, todos los procesos humanos engendran sus propios problemas y es de buen compañero reconocerlos y abordarlos, con humildad, fundamentos, disposición autocrítica y actitud de construcción. Este artículo busca aportar en ese sentido, ante un tema, a mi entender, muy mal discutido públicamente por estos días. Entremos en materia.

El mostrador es, como sabe cualquier hijo de vecino, un mueble de uso burocrático o comercial que separa y coloca a uno en el lugar de la demanda y a otro en el lugar de la oferta, a uno pidiendo o reclamando y a otro dando o decidiendo, a uno comprando y a otro vendiendo. El mostrador es un objeto extraño a la visión que la izquierda tiene de sí misma porque remite a una asimetría radical de poder-saber, de intereses y de sensibilidades. El mostrador grafica una lógica más bien padecida en el enfrentamiento o la negociación con los que están “del otro lado de la línea”, que digna de ser entronizada como teoría para explicar y modelar el relacionamiento entre los agentes del cambio social.

Para la izquierda la política no es transacción privada, tampoco debe ser mediación burocrática o línea divisoria entre el estado y la sociedad. Para la izquierda la política es construcción colectiva, esencialmente social, que en todo caso lleva al plano del Estado, con sus reglas, mediaciones y limitaciones, aquellos proyectos justos y solidarios surgidos de las mayorías y las minorías oprimidas. Porque los que nos sentimos parte de ese gran bloque necesitamos una transformación de la sociedad en el sentido de una democracia sustantiva, real, protagónica, en suma, funcional a los intereses de un demos variopinto e incluyente y no de los dueños exclusivos del mundo, tampoco de los artífices de los mostradores burocráticos o de los que circunstancialmente los atienden.

Ahora bien, hagamos un ejercicio de empatía y ubiquémonos por un momento en la cabeza de quienes formulan o defienden esta teoría. Reconozcamos entonces que los motivos para postularla no son necesariamente malos: es cierto que la confusión entre partido y Estado o la cooptación de los movimientos sociales por parte de los gobiernos le ha jugado pésimas pasadas al movimiento obrero y las expresiones políticas populares a lo largo de la historia. Sin embargo, tan cierto como eso es que ningún mostrador ha sido capaz de evitarlo sino todo lo contrario. El desafío de la izquierda gobernante no es obviamente trasladar mecánicamente demandas, cualesquiera sean, sino sintetizarlas con la propia sociedad en un proyecto global, tarea esencial de las fuerzas políticas. El desafío de la izquierda gobernante es también democratizar al Estado para convertirlo en un agente rebelde que coadyuve al avance de los valores, sueños, ideas y concreciones que las fuerzas sociales del cambio deben ir conquistando, sin prisa pero sin pausa, con o sin acceso a espacios institucionales.

El mostrador, lejos de evitar desviaciones, separa lo que debe estar unido y puede engendrar, al menos, tres tipos de males terribles: i) la subordinación de lo social a lo estatal, en lógicas de Estado corporativo; ii) la ajenidad de lo social respecto de lo político identificado con el Estado; iii) la radicalización infantil de lo social y de lo político ajeno al Estado, que transforma los lados del mostrador en veredas opuestas y las demandas en proyectiles que erosionan la base de sustentación misma, colaborando, con o sin quererlo, con los factores del poder conservador. Elitización, burocratización, instrumentalización de las luchas sociales, corporativización e infantilismo son deformaciones tan viejas como acechantes y peligrosas.

En la época y el lugar en que nos toca vivir, la división Estado-sociedad o Estado-personas resulta además absolutamente funcional al pensamiento neoliberal, primero porque tiende a identificar a la política con una clase profesional, segundo porque desdibuja los conflictos sociales, llevando a antagonizar con lo estatal y finalmente con lo público, en una maniobra tan audaz como brutal, con la que ganan los mismos de siempre.

La política de izquierda se hace desde los principios y desde la responsabilidad, la política de izquierda se hace teniendo en cuenta que no llegamos solos ni a gestionar un “poder propio” a ningún ámbito estatal o social. La política de izquierda se hace sin mostradores ni encapsulamientos, uniendo lo que debe estar unido y no separándolo, reconociendo que el poder se construye y circula, no se toma ni se encuentra en un solo lugar, y que cualquier posición institucional es delegada y debe relegitimarse continuamente en diálogo y articulación con su base y sentido originario.

Uruguay tiene una construcción de izquierda ejemplar para el mundo. Unidad política precedida de unidad social es la amalgama que nos permite transitar juntos un proceso con sólidas raíces y definiciones, forjando además valiosas herramientas. Sin embargo, el desfavorable marco global, la fuerte dependencia de nuestra economía, la debilidad del proceso de integración regional y transformación productiva que nos permitiría reducir esa dependencia, y las lógicas que prevalecen tanto en la ideología de la sociedad como en la arquitectura del Estado, nos colocan todos los días en tensión con nuestro propio proyecto de país. Esas tensiones deben ser explicadas y resueltas adecuadamente, no por comparación con otros ni con insultos o chicanas repugnantes entre nosotros, sino con pedagogía política, organización y confrontación democrática e inteligente con el bloque conservador.

El desafío en un momento complejo es fortalecer la unidad y para eso es imprescindible reconocernos en el otro, dar los debates que tengamos que dar en función de posicionamientos filosóficos, políticos y programáticos, escuchar y nutrirnos de un movimiento social del que somos parte y sin el cual no somos nada, caminar juntos y sin soberbia. Nos enseñaron desde chicos que la unidad se sostiene si hay proyecto y gente que la alimente, si hay conciencia y organización, si hay pluralidad y síntesis. El camino de las operaciones políticas de baja estofa, el cabildeo, la conspiración y las campañas sucias, va en sentido totalmente contrario y es asfixiante. En el encierro burocrático -que es su caldo de cultivo- se labra la partida de defunción de los procesos políticos transformadores.

El país está discutiendo un proyecto de Rendición de Cuentas complejo en un momento delicado. Desde la bancada de diputados del Frente Amplio, en base a definiciones orgánicas de nuestros grupos políticos, venimos avanzando en un trabajo que pretende continuar la senda de diálogo y construcción conjunta que fuerza política y gobierno iniciaron y que nos ha permitido avanzar. Planteamos resolver problemas reales, formulamos propuestas, pero sobre todo logramos construir un acuerdo de más del 80% de legisladores y grupos, con respeto por los demás, para que haya diálogo y nuevos avances. Lo hacemos por convicción programática pero también, y conjuntamente, porque el movimiento social viene planteando una plataforma sensata y justa, que nos interpela y motiva a discutir nuestra propia política.

No hay verdad en un puño, nadie la tiene, y seguramente aparecerán propuestas mejores, pero el que quiera enfrentarnos entre nosotros discutiendo si aportar ideas es ser gobierno u oposición, o los que sentencien desde alguna tribuna que respaldar y escuchar la lucha del movimiento social es confrontar a nuestro gobierno, sean de derecha o integren nuestras propias filas, se equivocan de cabo a rabo. En el segundo caso no sólo se equivocan sino que le hacen un daño enorme al proyecto abriendo la peor de las brechas, alimentando un relato que la izquierda, a lo largo de su historia, jamás pudo resistir sin sufrir un durísimo revés, porque la lastima en el peor lugar: ese que termina dividiendo el mundo entre burócratas y luchadores, entre militantes por ideas y pragmáticos administradores que, en definitiva, “son todos iguales”.

¿Quién nos creerá algo el día que el relato de la “clase política” se extienda más allá de la cuenta? ¿Quién valorará lo mucho que hemos avanzado luchando desde la sociedad e implementando políticas públicas desde el Estado? Si el mostrador se convierte en muro, ¿qué poder activo y movilizado respaldará a un gobierno que quiera distribuir y ampliar derechos cuando los poderosos de siempre le hagan frente? ¿Cuánto tendremos que remar para retomar la senda que nos trajo hasta aquí? Tengamos siempre presente que la historia no empieza ni termina en el momento que nosotros protagonizamos y recordemos que la mejor de las políticas, si no es comprendida, sentida y apropiada por “los muchos”, es débil y fácilmente reversible, y una política errada o un mensaje equivocado, si no se escucha con sensibilidad su retorno social y no se discute o rectifica, puede hacer estragos, desmereciendo incluso importantes logros y avances.

Menos mostradores burocráticos y más calidad de nuestra unidad social y política son hoy la primera forma de cuidar lo que hemos conquistado y la única manera viable de profundizarlo. Es enorme la acumulación social y mucho lo que hemos hecho, somos parte de un gran espacio político que convoca abiertamente a opinar y elegir, tenemos legitimidad y estamos a tiempo de protegerla y ampliarla. Vamos por eso.

Fuente: Portal U

18 de julio 2016